Mi mujer ideal

Todos los días la misma rutina, suena el despertador y me voy a trabajar, me paso 8 horas delante de un ordenador y vuelvo a casa en metro pensando en encontrar mi mujer ideal, buscando, mirando cada mujer que pasa por delante mio y analizando cada detalle, con la ilusión de que alguna de aquellas mujeres que me encuentro de camino a casa sea mi mujer ideal. Y así día tras día van pasando los días, los meses, los años. Tengo 22 años, me llamo Andrea y vivo en el centro de Barcelona. Antes pero, no era de aquí, era de Lleida, pero mis padres tuvieron una gran idea, y decidieron robar los bienes más preciados de una iglesia, bueno en realidad era una catedral. Los pillaron y después de días y más días de juicio, los condenaron a 10 años de prisión. Así que yo con 12 años que tenia entonces, fui a parar a un centro de acogida de Barcelona donde hice grandes amigos y también grandes enemigos. Fue difícil dejar atrás Lleida e ir sola a un lugar desconocido, a una ciudad tan grande como Barcelona donde no conocía a nadie. Pero día tras día, Barcelona era cada vez más mía. Me gustaba pasar las horas sentada en los bancos mirando como los niños bajaban por el tobogán y volvían a subir y volvían a bajar. Un día, hice 18 años y me fui de aquel centro de acogida que amaba y odiaba a la vez. Me busque piso y un trabajo de camarera por las mañanas y un trabajo de canguro por las tardes. No ganaba mucho dinero, pero era suficiente para sobrevivir. No estaba sola, tenia a mi mejor amiga, África, una chica divertida como yo, a quien le gustaba ir al cine cada sábado por la noche, una chica que no le gustaba la fiesta, ni beber bebidas alcohólicas, ni fumaba y le gustaba hacer deporte. Éramos las dos como dos gotas de agua, nos complementábamos muy bien y nunca discutíamos. Ella vivía debajo de mi piso, en el 5º 2da. Me acuerdo perfectamente, del día que nos conocimos. Era sábado, pero no un sábado cualquiera, sino que era navidad. Me la encontré sola en la escalera llorando y fui a consolarla aunque no la conocía de nada.
-¿Y tu familia?- le pregunté después de que ella se secara las lagrimas con un pañuelo que li di.
-No quieren saber nada de mi.- me contestó, triste pero a la vez indignada.
-¿Pero por qué?
-Estoy embarazada.
No hacia falta oír nada más, la abracé y la invité a ir a mi piso, ella aceptó. Una vez allí, sentadas las dos en el sofá con un paquete de pañuelos en la mano me explicó su historia con detalle. Me explicó que sus padres eran muy religiosos, y que para ellos que estuviera embarazada era muy grabe y más todavía si ella no les decía quien era el padre. Estaba de cuatro meses, por tanto no podía abortar por leí y tenia muy claro que ese niño sería suyo y que nadie se lo quitaría de sus manos, que lo cuidaría y lo amaría como nunca había amado a nadie. Desde ese día no nos hemos vuelto a separar. Nos veíamos cada día, un día en el 5º piso y otro día en el 6º. Después de tres meses decidimos ir a vivir juntas y me traslade al 5º piso. Nuestra convivencia era buena, no había discusiones y llegar a casa y encontrarla allí esperándome, era un regalo. Ella trabajaba en una tienda de moda, una tienda que solo se pueden permitir la gente que tiene dinero, de las más caras, pero a la vez de las que más venden. Al poco tiempo tubo su hijo, Javier. Nació sano, y era el niño más bonito que había visto nunca. En todo momento estuve al lado de mi amiga, ayudándola en un momento tan difícil y a la vez compartiendo ese momento tan bonito. Pocos días después ya estábamos todos en casa, África, Javier y yo. Nos complementamos tan bien como pudimos para cuidar del niño y darle una buena vida. Un gran día encontré trabajo de secretaria de un abogado que me pagaba un buen sueldo. Esto facilitaba todavía más poder combinarme con África para cuidar de Javier. Y tenía los fines de semana libres, por tanto, los tres íbamos a hacer actividades juntos. Andábamos por los parques o íbamos a ver museos o simplemente de compras. Que tiempos aquellos cuando paseábamos África, Javier y yo cogidos de la mano, mientras Javier gritaba: ¡Salto! Esa era la señal para que tiraras tan fuerte como pudieras de sus brazos y el niño se alzara dos palmos o más del suelo. Pero todo no dura para siempre, África un gran día encontró el amor de su vida y con mucha tristeza en el corazón pero a la vez con mucha ilusión se fue de casa con su hijo y me quedé sola. Nos veíamos, pero ya no era lo mismo, ya nadie me tenia hecha la comida cuando llegaba tarde de trabajar, ya nadie se quejaba por las noches por que tenia pesadillas, ya nadie hacia ruido jugando con las coches. Todo había cambiado, volvía a estar sola. Así que día tras día examinaba las mujeres que pasaban por delante mio cuando estaba en el metro. Un día, en un café, una mujer me miró disimuladamente. No hice caso, pero el día siguiente volvía a estar allí, sentada en la barra mirándome disimuladamente, haciendo ver que leía un diario. Nos pasamos una semana enviándonos miradas, hasta que un día me levanté de la silla, fui a la barra y le dije:
-¿Ya has terminado con el diario? Me gustaría leerlo.
-No, pero cuando termine te prometo que te lo llevo.
-Vale, pero creo que acabaras antes si lo lees del derecho.
La chica se puso roja y se giró. No me volvió a mirar más. El día siguiente no estaba, el otro tampoco. Y cuando ya pensaba que no volvería a verla, la encontré allí con el diario del derecho mirándome. No le hice caso, y seguí leyendo la revista que acababa de comprarme. Alguien se sentó delante mio, levanté la vista, era ella.
-¿Es interesante?
-Bueno, hay noticias que si y otras que no.
-A lo mejor si las miras del revés te parecen más interesantes.
Me puse a reír y comprendí que me había enamorado, con tan poco tiempo, sin conocerla, con solo mirarnos, con solo 4 frases. Nos dimos los teléfonos, quedamos, nos besamos y se vino a vivir conmigo. Todo iba bien, discutíamos poco y eso era bueno. Eran días de rutina, días aburridos. Al cabo de 2 años de vivir juntas, poniendo una lavadora encontré un papel en sus pantalones, era de un hotel. Le pregunte, sin miedo. Me contó varias historias en menos de 15 minutos, todas eran mentira. Le volví a pedir explicaciones, me lo volvió a negar hasta que un día, una marca de pintalabios en su camisa, le hizo decir la verdad, pero ella no sabe que esa marca la hice yo. La eché de casa, no quería saber nada de ella. No estaba dolida, solo no quería tener a mi lado una persona que no me quisiera. Era mejor para las dos si ella se iba. Cuando le conté lo que había pasado a África, me dijo que un sitio donde buscar una mujer era en internet, que me pusiera en un chat de estos en los que hay tanta gente. Lo hice, no perdía nada.
CHAT AMOR:
Sonia dice: Ostras es una gran historia Andrea.

Hace más de 15 años que Sonia y yo estamos juntas, tenemos 3 hijos, y vivimos en Girona. Es mi mujer perfecta, tuve suerte que le llames la atención mi perfil: Hola, me llamo Andrea tengo 32 años y busco a mi mujer ideal.

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